Estos son, probablemente, los últimos versos que te escriba en un tiempo. Porque ni mi corazón ni mi dolor caben ya en mi pecho, así que vengo a dejar ambos aquí, esperando que las letras los cuiden suficiente para que el corazón no se pudra y el dolor se escape a otra parte.
Escribo palabras frente a un mar donde alguna vez te tuve entre mis brazos. Tiempo como la arena que se me escapa de entre los dedos. ¿Dónde quedó nuestro castillo? ¿Es de verdad tan frágil que las olas se lo han llevado entero? Cicatrices de su cimiento se vislumbran en lo profundo. Lo que no fue no será. Lo que es será de nuevo. El mar todo se lo lleva, y con él mi voz y mis palabras.
Le temo al tiempo que todo se lleva. El mar no es nada. Los segundos que destruyen todo, el espacio infinito entre el ahora y lo que puede ser mañana. Llevo varios días con una tristeza en el pecho, y este es un triste intento de dejarla salir. Le temo al tiempo que todo se lleva, porque me temo que sea suficiente. Porque si esto me hacen los segundos de tu ausencia, los años no harán más que romper toda mi esperanza.
Alguna vez me dijiste que temías perderme. Y luego me soltaste, me dejaste a la deriva entre una tormenta de pasiones y miedos. Mi corazón no lo entiende. Mi corazón que puse sobre tus manos, que está marcado con tu nombre, que haría todo para tenerte cerca. Y aunque es tuyo, renunciaste a él, y ahora que te busca no te encuentra. Mi corazón no lo entiende, pero no puedo más que protegerlo.
Está de más decir que te extraño. Que no he pensado en otra cosa que no sea tu sonrisa, y que te pienso sobre el mar y me pregunto en qué lugar del mundo tienen la suerte de tenerte. Está de más decírtelo porque lo tienes claro. Veo tu imagen y me siento como aquellos que adoran ídolos falsos. Porque tu imagen me quema, me desgarra, tu sonrisa en cada cuadro (que es para mi la obra más importante de todos los tiempos) es insoportable. No me conformaré con imitaciones baratas. El simulacro del simulacro de tu sonrisa no me basta. La quiero junto a mi oído, frente a mis ojos. Quiero recorrer tu cuerpo con mi boca y que tu sonrisa se encuentre con la mía entre labios.
Esta es mi última carta por un rato. Llevo tu postal entre mis libros, tu anillo entre mis dedos, tu risa en mis oídos. Te llevo a todas partes, pero ya no puedo cargar con mis tristes recuerdos.
Esta es mi última carta por un rato. Rato que será de días o años, pero siempre demasiado largo.
Siempre y sin importar qué, U.
02/01/26
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Me emociona mucho verte. Mucho. Lo pongo aquí porque escribirlo directo en tu piel sería blasfemo. Te lo pongo aquí porque sé que lo leerás de todas formas. Quizá no antes, quizá sí. Tomo el riesgo porque siempre vale la pena.
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Escribo esta carta momento a momento. Cuando la emoción se me desborda regreso, la suelto sobre las letras en la pantalla. Es una carta sin pies ni cabeza. Es una carta que escribo desde ayer en la noche, que no dormí más que unas pocas horas. Tengo miedo. Se me llena el alma. Sentimientos que regresan y que siempre han estado, que explotan por mis ojos y por mi pecho.
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Me emociona mucho verte. Regreso a la etimología de la palabra. Me mueve. Me saca de lo habitual y me regresa a lo habitual, que eres y siempre has sido tú. Me rompe por dentro y dejo que las piezas se reconstruyan solas, bajo tu nombre o el mio. Me emociona muchísimo verte. Decirlo me genera un poco de vergüenza. Me siento como el niño pequeño, me siento como un niño. Me emociona mucho verte.
Regreso para evitar escribirte. No porque no quiera. Lo haría todo el día todos los días si pudiera. No porque no deba. El deber se ha quedado en otro cuarto. Pero porque me aterra el contacto; ha pasado tanto tiempo. Me aterra que mis palabras traten de tocar tu alma y que el contacto sea demasiado, que se me deshagan las yemas de los dedos, que lo que Lispector llama lo neutro sea demasiado. Me aterra, pero no hay nada que quiera más en este momento. Regreso y te escribo por aquí, quizá por cobarde, quizá para proteger lo que de todas formas te entregaría sin pensarlo.
Escribo antes de dormir para calmar el tren en mi pecho, para desahogar el llanto que se atora. Duermo para que el tiempo pase más rápido, para que el día sea otro y tu presencia esté un poco más cerca. Tengo muy claro el riesgo que estoy tomando: porque no sé qué pasará en unos días, y al acelerar la noche puedo acercarme sin saberlo al final de una vida. No me importa. Duermo. Pase lo que pase, me he convencido que poder verte es suficiente.
Regreso después de una noche de corazón más tranquilo. Regreso a vivir la expresión: "corazón a flor de piel". Sentir el corazón en las manos es una experiencia extraña. Me desorienta. Respiro y siento la electricidad correr entre las yemas, el pecho se me expande y la garganta se me aprieta. Las lágrimas están siempre presentes bajo mis ojos. Lagrimas de qué? De emoción, así sin nombre. No son de tristeza ni de felicidad, de miedo o ansiedad. Son emoción pura, sin adulterar. Llegarán al suelo y se convertirán en lo que tengan que ser, pero por ahora son emoción y nada más. Corazón a flor de piel.
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Una noche más. Breve y a su vez eterna. Tranquila y a su vez violenta. Es tenerte ya tan cerca. Es el miedo al final con la promesa de la resurrección eterna. Una noche más. Me emociona tanto verte. Tantísimo. Extraño esa sonrisa, esos ojos que se iluminan. Extraño a mi mejor amiga y a mi compañera de aventuras. Difícil saber si el sueño me visitará esta noche, o si tu memoria será lo único que me acompañe. Duermo, para que pase el tiempo. Será lo que deba ser, pero será verte.